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Entre robles y abedules (parte I)
Dundee, Escocia. 2:27 a.m.
Vertrem había huído de la ciudad. Aquel misterioso hombre ataviado con viejos harapos y un sombrero remendado se había llevado consigo el medallón, dispuesto a no devolverlo jamás. Aquel extraño objeto poseía extraños poderes, que no tardardarían mucho en desvelarse.
***
Sonó el teléfono.
- Sebi, deja lo que estés haciendo. -dijo Tales con aire impaciente – Vertrem se ha dirigido a Bonnyton.
- Sébastien – replicó éste con un notable acento en la e – Te he dicho mil veces que me llamo Sébastien. Bien, ya voy. Avisa a Ed y al descerebrado de Fabrizio que partimos en 10 minutos. Y que lleven su furgoneta, no quiero tener que cambiar de coche otra vez.
Cargaron el material en el flamante BMW negro y partieron sin más dilación a la aldea de Bonnyton, unas pocas millas al noreste de la ciudad. Bonnyton consistía en unas pocas casas agrupadas alrededor de una descuidada abadía de estilo gótico, acompañados de una vieja tasca donde servían uno de los mejores whiskys de la zona. A las afueras del pueblo, viejos caserones y granjas, accesibles por caminos rústicos y carreteras secundarias, se erguían entre frondosos bosques de abedules y robles. Por lo general, Bonnyton era un pueblo tranquilo.
Pero aquella noche, todos sus habitantes se encontraban en la plaza. Vestidos de franela y protegiéndose del frío con abrigos de piel y mantas, sus rostros manifestaban expresiones de inquietud y cierto pavor. Portando un viejo candil, el que parecía ser el alcalde de la aldea tranquilizaba a sus ciudadanos ante el último suceso ocurrido a las afueras de la villa. Ed, con presencia invisible, se acercó al tumulto, con intención de descubrir que es lo que había roto el sueño de los habitantes del pueblo.
- Se ha llevado al pequeño Tommy – sollozaba una señora de unos sesenta años- Pobre Arthur, lo estará pasando fatal. Su único hijo, ¡sólo es un bebé!
-Ha dicho que no quiere que nadie le moleste, y lo entiendo. – comentó un señor con un poblado bigote gris- Mañana subiré a Lester House a ver como se encuentra.
¡Vertrem!, pensó Ed para sus adentros, ¡Lo tenemos!. Con su especial habilidad para los desplazamientos rápidos y silenciosos, la rata de cloaca se dirigío a sus compañeros para mantenerlos al corriente de todo. Pese a que Ed no podía mostrar su desconfigurado rostro en público, era sin duda el mejor informador del grupo.
-No tenemos mucho tiempo -comentó Fabrizio- Hay que ir a buscar a Arthur, interrogarle, ir tras Vertrem y recuperar al medallón. Y si podemos, le devolveremos al chico sano y salvo.
- La última vez que seguimos tus planes, casi muero por segunda vez. – replicó Sébastien.
La tensión aumentó momentáneamente entre los dos vástagos. Quizá su rivalidad natural, equiparable a la de los perros y los gatos, haría tambalear seriamente la estabilidad del grupo. A menudo los cuatro se preguntaban qué es lo que les habia llevado a seguir el mismo sendero en su no-vida. Al fin de al cabo, un grupo formado por un loco, una rata de cloaca sin rostro, un anarquista desquiciado y un aristócrata en decadencia era algo que no era muy común entre los miembros de la Camarilla.
Continuará
1 comment 9 Abril, 2006


