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Entre robles y abedules (parte III)
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Los cuatro se adentraron en el bosque. El olor a madera vieja y hojas húmedas envolvían a los vástagos, a la par que la luna jugaba a asomarse tras un collado desgastado por el viento. La extraña sensación del cazador cazado atormentaba a Fabrizio más que a cualquiera de sus compañeros. Se sentía observado, débil ante la oscuridad producida por los robustos troncos de los árboles, enojado ante la idea de distinguir a Sébastien unos pasos ante sí, portando unas golosas gafas de visión nocturna. La idea de arrancárselas de la cara iba y venía de su cerebro constantemente, pero su prudencia ante el conocimiento de las influencias del francófono hacían que se limitara a sujetar su rifle de caza mayor con firmeza y morderse la lengua hasta que ésta le pidiera clemencia. Tras unos cuantos pasos, se detuvieron en seco.
-¡Sshht! Creo que puedo verle. – susurró Ed con voz de serpiente- Ahí le tenemos.
Unos ojos incandescentes, acompañados del inconfundible llanto de un bebé, se movían entre los árboles. Vertrem avanzaba a pasos agigantados entre los robles y abedules, pronunciando extrañas palabras ininteligibles en voz baja.
-Bien, lo importante es no cometer locuras. -comentó Sébastien, en base a los antecedentes de su compañero italiano- No vayamos a hacer estupideces ahora.
Dos fuertes disparos salieron del fusil de Fabrizio, a la par que un olor a polvora invadía el ambiente. El día se les echaba encima y no había tiempo de planes ni de emboscadas. La metralla de los dos cartuchos impactó contra un roble de unos doscientos años, a pocos metros del fugitivo.
-Grave error – comentó Sébastien con aire superior. Le siguió Tales.
-¡¿Pero tu eres gilipollas o que coño te pasa?!
A estas alturas, Vertrem se había girado hacia ellos con unos ojos cada vez más brillantes, que dejaban ver la expresión de su mirada, cada segundo más furiosa. En su mano izquierda portaba al pequeño, colgado de los pies, mientras la mano derecha envolvía el medallón recelosamente. Invadido por la ira, lanzó un rugido perfectamente audiblea varios kilómetros a la redonda, y le dió dos coléricas patadas al suelo. En cuestión de segundos, el follaje de los árboles inmediatos se desplomó a los pies descalzos de Vertrem, permitiendo a la luz de la luna penetrar entre las ramas de los árboles desnudos. Con otro rugido, mezcla entre cólera y dolor, Vertrem arrancó el medallón de su cuello y lo enroscó alrededor del bebé. Con movimientos rituales, levantó al pequeño Tommy más allá de la altura de su cabeza, y un fino rayo de luz golpeó en el centro del medallón.
Una luz cegadora invadió repentinamente el bosque. Los vástagos , ocultos tras los árboles ante la incertidumbre de los próximos acontecimientos, cargaron sus armas, con serias intenciones de evitar que Vertrem hiciera el más minimo movimiento. Al fin de al cabo, cuatro contra uno era una gran ventaja que no debían desaprovechar. Cuando todo volvió a estar en la penumbra, los cuatro salieron de sus escondite dispuestos a llenar de plata y plomo al vampiro de los ojos rojos. Pero Vertrem no estaba allí. No al menos el Vertrem que conocían. En su lugar se encontraba una bestia peluda de tres metros de alto, de aspecto lupino. De su boca, infestada de afilados dientes, manaba una corriente de baba y sangre, que manchaba el medallón situado en medio de su abultado pecho, adelantado incluso al pronunciado hocico de la bestia. Atadas a la encorvada columna vertebral, las cuatro extremidades desembocaban en afliadas garras capaces de triturar el acero con la misma facilidad con la que se trincha un cordero en nochebuena.
Esa escena hizo que a todo aquel que la mirase le temblaran las piernas. Tales vió pasar frente a sus ojos, una vez más, la escena en la cual unos lupinos devoraban a sus padres cuando él era solo un niño. Debido a un fuerte trastorno mental, Tales entró en un profundo estado catatónico. Cada vez que el loco se cruzaba con un canino, sufría cierta convulsión, proporcional al tamaño y la agresividad del animal. Y la bestia que se les plantaba delante le provocaría un shock de al menos cuatro horas.
- Tres contra uno. Olvidaos, aquí el plomo no sirve. Tomad, plata. Ed, tu vé por detras y atácale por sorpesa. Seb, dispara en cuanto te lo ordene.
Fabrizio parecía dominar la situación. Aunque a Sébastien le irritara considerablemente, al anarquista las improvisaciones bélicas no se le daban del todo mal. A la señal, los archirivales se pusieron a disparar contra la bestia de la manera más brutal y salvaje posible. Mientras Sébastien lanzaba una ráfaga con su M16, Fabrizio había vaciado los dos cartuchos de su rifle, y con gran destreza, consiguió desprenderse del arma al tiempo que dos UZI salían de los bolsillos de su abrigo con la intención de lanzar a Vertrem unos cuantos pasos hacia atrás. Una vez que Sébastien hubiera terminado con su rifle de asalto, no pasaron dos segundos para que una Colt CAR-15 saliera a escena.
Ed, a su ritmo, preparaba los doce cuchillos de plata ocultos en sus mugrientas botas, dispuesto a clavar sus doce filos entre los brazos del monstruo. Con unos cuantos impactos de bala, Vertrem no parecía dar indicios de debilidad. Con un fuerte rugido, la bestia saltó impulsado por los troncos de los árboles hasta conseguir lanzar a Sébastien de un zarpazo unos quince metros entre la maleza. El cuerpo inconsciente del aristócrata, sumado al de Tales y a un amanecer cada vez más cercano, hacía que Ed y Fabrizio hicieran lo posible por agilizar el asunto y darle muerte de una vez por todas. La suerte no tardó en llegar. En un ataque por la retaguardia, Ed lanzó ocho de los doce cuchillos, que acertaron en la espalda del monstruo. Éste, olvidandose del vástago que tenía enfrente, giró sobre sí mismo para encararse con el autor del ataque. Sin darle tiempo a lanzar ni siquiera una mirada de odio, los cuatro cuchillos restantes se clavaron en el pecho de Vertrem. Afortunada o desafortunadamente, uno de los impactos se preocupó de dar justo en el centro del medallón.
Continuará
2 comments 17 Abril, 2006
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Ya estoy de vuelta. Han sido pocos días, pero que han dado para mucho. Llegué ayer por la noche, pero Matt y el resto de los chicos de WordPress andaban trasteando con el tema, y no pude ni siquiera acceder al Dashboard. Hoy, como se puede ver, esta todo funcionando, con unos pequeños cambios, más funciones de las Stats, mayor capacidad de personalización… en fin, pequeñas cosas que poco a poco hacen que algo sea más y más grande.
Estos cuatro días los he pasado perdidos del mundo, en un pequeño pueblo burgalés de no más de 50 habitantes, donde Internet "llega" mediante TRAC, hay un bar que sólo abre para el vermú y para el mus por la noche, y el agua de la fuente es potable para los que nos hicimos a ella hace tiempo. De modo objetivo, eso son indicios de cuatro días de aburrimiento incondicional, raramente mancillado por algún acontecimiento extraordinario (llamémosle animales escapados, sobremesa entretenida con discusiones sobre la cosecha de la remolacha, visitas inesperadas (no caerá esa breva), ¡Turistas!). Bueno, pues este pueblo da para mucho. Realmente, lo que me lleva a ir hacia alli no es el pueblo, sino la gente. Aparte del especimen paletus totalis, abundantes en la zona, se encuentran los urbanites asilvestratus, entre los que me incluyo, por supuesto.
Como el propio nombre indica, esta raza sufre una metamorfosis repentina ante la llegada a un medio hostil. Abandona su Nintendo DS, mp3, ropa "elegante" y gustos culinarios "de supermercado" en la cueva del clan para adaptarse sin problema alguno al Pictionari (año 1982, novedad en el pueblo), radio-cas… radio a secas, chandal y parrillada con los dedos. Quizá esos cambios en su etorno son los que hacen que el aburrimiento brille por su ausencia, pero no. Es la reunion en manadas lo que verdaderamente hace que el urbanites disfrute.
Salir al pueblo de al lado a tomar café, organizar una parrillada entre los amigos o visitar a algún amigo que trabaja y no puede estar descansando en compañía hacen que los días se pasen volando. Estos cuatro días me han permitido ponerme a prueba con la batería (si, hay una, muy fuerte. No es lo mío), sacarle fotos a la moto (para que la kuadrilla se lo crea de una vez), escuchar Metallica en el iPod de un urbanites hastalamuertus, pasar horas y horas de conversaciones interesantes, jugar con un hurón, pasear al perro, descansar a la sombra de un manzano…
Ya cuento los días que quedan para que suene el teléfono y escuchar una de esas voces al otro lado que me diga ¿Que haces este fin de semana? Ve haciendo las maletas que nos subimos al pueblo.
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