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17 Abril, 2006
Ya estoy de vuelta. Han sido pocos días, pero que han dado para mucho. Llegué ayer por la noche, pero Matt y el resto de los chicos de WordPress andaban trasteando con el tema, y no pude ni siquiera acceder al Dashboard. Hoy, como se puede ver, esta todo funcionando, con unos pequeños cambios, más funciones de las Stats, mayor capacidad de personalización… en fin, pequeñas cosas que poco a poco hacen que algo sea más y más grande.
Estos cuatro días los he pasado perdidos del mundo, en un pequeño pueblo burgalés de no más de 50 habitantes, donde Internet "llega" mediante TRAC, hay un bar que sólo abre para el vermú y para el mus por la noche, y el agua de la fuente es potable para los que nos hicimos a ella hace tiempo. De modo objetivo, eso son indicios de cuatro días de aburrimiento incondicional, raramente mancillado por algún acontecimiento extraordinario (llamémosle animales escapados, sobremesa entretenida con discusiones sobre la cosecha de la remolacha, visitas inesperadas (no caerá esa breva), ¡Turistas!). Bueno, pues este pueblo da para mucho. Realmente, lo que me lleva a ir hacia alli no es el pueblo, sino la gente. Aparte del especimen paletus totalis, abundantes en la zona, se encuentran los urbanites asilvestratus, entre los que me incluyo, por supuesto.
Como el propio nombre indica, esta raza sufre una metamorfosis repentina ante la llegada a un medio hostil. Abandona su Nintendo DS, mp3, ropa "elegante" y gustos culinarios "de supermercado" en la cueva del clan para adaptarse sin problema alguno al Pictionari (año 1982, novedad en el pueblo), radio-cas… radio a secas, chandal y parrillada con los dedos. Quizá esos cambios en su etorno son los que hacen que el aburrimiento brille por su ausencia, pero no. Es la reunion en manadas lo que verdaderamente hace que el urbanites disfrute.
Salir al pueblo de al lado a tomar café, organizar una parrillada entre los amigos o visitar a algún amigo que trabaja y no puede estar descansando en compañía hacen que los días se pasen volando. Estos cuatro días me han permitido ponerme a prueba con la batería (si, hay una, muy fuerte. No es lo mío), sacarle fotos a la moto (para que la kuadrilla se lo crea de una vez), escuchar Metallica en el iPod de un urbanites hastalamuertus, pasar horas y horas de conversaciones interesantes, jugar con un hurón, pasear al perro, descansar a la sombra de un manzano…
Ya cuento los días que quedan para que suene el teléfono y escuchar una de esas voces al otro lado que me diga ¿Que haces este fin de semana? Ve haciendo las maletas que nos subimos al pueblo.
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