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Un silencio inmediato llenó de misterio cada rincón del frondoso bosque , dejando a Ed y Fabrizio con la incertidumbre de lo que pasaría a continuación. Los dos vástagos se encontraron en un extraño estado de paz absoluta. Sumidos en una especie de dimensión paralela, sentían que todo aquello que sucedía a su alrededor formaba parte de otro mundo. No se oía el más mínimo de los sonidos. Todo, los rugidos de la bestia, los sonidos de las balas, el ulular de las aves nocturnas, todo se había calmado. Por un momento, ambos deseaban quedarse en esa situación por el resto de su no-vida, permanecer en ese estado de calma varios siglos, incluso milenios.
Repentinamente, volvieron a la realidad. El cuerpo de desnudo de Vertrem se encontraba boca abajo a los pies de Fabrizio. Retomada ya su forma humana, el cuerpo mostraba numerosos orificios de bala, y ocho brillantes empuñaduras sobresalían entre sus homoplatos. A su lado, el cadáver de un bebé yacía boca arriba. Al contrario que la macabra escena que había a menos de un metro de su cuerpo, el pequeño Tommy daba la sensación de encontrarse sumido en un plácido sueño. Transmitía una dulce sensación de tranquilidad, que a los vástagos, y especialmente a Fabrizio, incomodaba bastante. A Ed, sin embargo, el pequeño le resultaba un pequeño cocktel de sangre limpia y fresca, equiparable a los vinos conservados durante años en las polvorientas bodegas de los palacios más celebres de Francia. Como cabía esperar, no había ni el menor rastro del medallón. Recuperándose de la batalla, se dirigió a Ed en busca de una respuesta que sabía que no iba a conseguir. Al menos no en ese momento.
-¡¿Pero que coño ha sido eso?! ¡Y deja de mirar al crío así, me repugnas! Además, no tienes ni para empezar…
-Déjame en paz. Discutiría contigo, pero amanecerá en menos de media hora y tenemos que largarnos ya si no queremos acabar mal la noche.
-Bien, vámonos. El sótano de la granja servirá. ¡Corre!
-¿Piensas dejarlos tirados? - pregunto Ed, sorprendido. Fabrizio estaba dispuesto a largarse abandonando a su suerte a sus dos compañeros lastimados.
-Pues carga tú con ellos. A mi el pijo fascista me la suda. El otro empezaba a caerme bien, pero bueno. Ya le recordaremos.
Y dejando a Ed con la palabra en la boca, giró sobre sus talones y se perdió entre los árboles. Ed, invadido por el asombro y apremiado por la inminente salida del sol, rodeó el arbol que ocultaba a Tales totalmente petrificado. Su rostro mostraba pavor, y sus ojos permanecían totalmente abiertos. daba la impresión que se salían de sus órbitas. Cargó con él al hombro y dió unos pocos pasos situándose al lado del cuerpo inconsciente de Sébastien. Pese a sentir un cierto desprecio por el aristócrata, el escocés se sentía incapaz de dejarlo tirado. Pero no había elección. Sébastien estaba destinado a terminar sus días esa noche. En un intento por salvarlo, rasgó su abrigo mugriento y dejó un trozo en la senda que les llevaría al refugio en la granja de Arthur.
-Lo siento. No puedo hacer más por ti.
Y salió detrás de los pasos de Fabrizio, al que todavía podía seguir el rastro que desprendían los viejos ropajes, posiblemente sustraídos a algún indigente alguna noche de cacería. Diez minutos quedaban para el amanecer, aun así el vampiro sin rostro, con su compañero a hombros, ya habían llegado a las puertas del sótano de la casa de campo. Era una de esas puertas dobles de madera, posicionadas casi horizontalmente, que se situaba justo a las faldas de la casa. Por los restos que había alrededor, dentro debían de guardar la leña para las frías noches de invierno. Ed dejó a su compañero en el suelo y abrío la puerta doble que le llevaría a la salvación. Dentro, Fabrizio se había acomodado dentras de unas máquinas aserraderas. Sin perder el tiempo, volvió a coger a su compañero a hombros y entraron para dentro. Retiró las herramientas que había apoyadas en un rincón y recosto a su paralizado compañero para que descansara. Se arrimó a la puerta para cerrarla, y lanzó un último vistazo al escenario donde Sébastien terminaría su escena. Con suavidad, las puertas se cerraron y todo se sumió en la más profunda oscuridad. Incapaz de dormir hasta cerciorarse de que su compañero no volvería, Ed aguardó sentado en una mesa la llegada del amanecer.
No lejos de allí, un eco de esperanza se abría camino entre la maleza. Sébastien, dolorido, parecía volver en sí. Se sentó primero para recuperarse gradualmente del golpe que había sufrido de manos de la bestia. Sintió que al menos dos costillas habrían pagado el precio por su torpeza. Poco a poco, y con ayuda de una rama muerta que encontró a su alrededor, consiguió ponerse en pie. Una vez retomada por completo la consciencia, miro su precioso reloj de oro blanco y titanio y vió que le restaban diez minutos para la salida de su peor pesadilla. Sin tiempo que perder, Sébastien estaba dispuesto a aguantar el dolor para llegar sano y salvo con el resto de sus compañeros. Ya tendría tiempo de descansar más adelante y reponer fuerzas. Totalmente desubicado, no sabía por donde tirar. No había ni rastro de pisadas que le indicaran cual era el camino a seguir. Junto a los cuerpos sin vida de Vertrem y el bebé, Sébastien alcanzó a visualizar un pequeño trozo de un mugriento y maloliente abrigo de tela de lana. Tiró la rama que le servía de apoyo y se apresuró a seguir la senda que el pequeño trozo de tela marcaba. Cojeando y corriendo a la máxima velocidad que pudo, Sébastien supo de inmediato que si se encontraba allí era porque Fabrizio se había negado a llevarlo consigo. Por eso no se sorprendió en absoluto. Ya habría tiempo para la venganza, pero primero tenía que salir del aprieto.
Sufriendo un dolor que cada vez le hacía correr más despacio, el aristócrata consiguió divisar entre los árboles la casa del granjero. No le hizo falta mirar el reloj para darse cuenta que el sol estaba a menos de dos minutos de asomar entre las montañas. Tan deprisa como pudo, fue acercandose a la puerta doble de madera que le protegiera de una segunda muerte terrible y dolorosa. Cuando le faltaban poco más de quince metros para llegar, los primeros rayos de luz comenzaron a hacer presencia en el jardín de la casa. No le daría tiempo. Ocultó su rostro en el grueso abrigo con la intención de protegerlo de los mutilantes rayos que le atacaban por la izquierda.
-¡Abridme la puerta! ¡Deprisa!
Siguió avanzando ante la desesperante escena que visualizaba justo enfrente. La puerta no mostraba el minimo indicio de estar abríendose. Mientras tanto, las primeras llagas provocadas por las graves quemaduras empezaban a aflorar en el reverso de su mano izquierda. Sabía que su mano no podría sostener más el abrigo que le protegía la cara. Si esa puerta no se abría, sería su fin.
-¡Abrirla joder!
Un segundo después, uno de los portones pareció abrirse lentamente. Justo detrás, Sébastien consiguió visualizar un rostro desconfigurado que se ocultaba detrás de unos trapos manchados de gasolina. Aquel fue el rostro mas bello que jamás había visto en su no-vida. En un último intento, lanzaría su cuerpo en dirección al agujero. Si no llegaba, le esperaba un horrendo final, pero tenía que intentarlo. Soltó el abrigo que le protegía la cara y se lanzó al vació. Los rayos de sol quemaron su mejilla izquierda, la mano estaba repleta de ampollas y la sangre manaba por doquier. Pero de inmediato, la oscuridad volvió a rodearlo por completo. Con una herida en la cabeza que había que sumarle a las demás, Sébastien volvería a ver la Luna en el cielo al menos por una noche más.
FIN